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Protexer o invisible
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As palabras que move o mar
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As palabras que move o mar
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El verano ya no está aquí
El verano es un estado de ánimo, al menos para los personajes que transitan por las páginas de estos once relatos. En algún momento quedó fijado en sus sueños como el territorio de todas las posibilidades, esa región fronteriza donde parece que todavía pudieran escapar de la eterna insatisfacción de la vida. Frágiles y soñadores, todos ellos viven anhelando una vida que no tienen, deseando huir de una realidad que los asfixia, dejándose arrastrar por la ensoñación de una plenitud que lo cotidiano les niega.
La persecución del verano se convierte, a lo largo de estas historias, en una sucesión de viajes, a veces deseados, a veces temidos, siempre frustrados en alguna medida. La epifanía aparece tan solo en los gestos más sencillos y en los momentos más insospechados y, cuando lo hace, es un destello efímero del que apenas queda constancia.
Valiéndose de una voz intimista que oscila entre el azul más luminoso y los tonos sepia, la autora nos adentra con magistral sutileza en el territorio de las desilusiones y las expectativas, desde los descubrimientos de la infancia a los desvelos de la vejez, en una sucesión de historias que nos interpelan y nos hacen preguntarnos: ¿Dónde quedó nuestro verano?
Los bares del diablo
Después de haber agotado la primera tirada, por fin llega esta nueva edición, revisada y ampliada, de la obra que supuso el debut literario de Natacha G. Mendoza.
Un libro de relatos extremadamente compacto, con la reconocible y excepcional voz propia de la autora, en el que condensa, apoyándose en su precisa economía de palabras, atmósferas oníricas y tangibles de noche y dolor, decadencias parpadeantes y mundos tan reales como un espejismo. Nos arrastra por un sinfín de bares, que a la vez son un solo purgatorio, donde el diablo no deja de ofrecernos su mano, y en los que la narrativa de Natacha provoca que juguemos a rozársela con ganas de que nos agarre y nos consuma en un infierno que, en la mayoría de los casos, portan ya dentro de sí los protagonistas de las historias: almas desnortadas, heridas y vacías, que buscan en la oscuridad, en la tristeza de algunas notas perdidas y en el rojo de los neones, una redención, la materialización de un amor quimérico, o simplemente el fuego impío de algún alcohol derramado en un vaso.
Un libro incomparable e hipnótico de Natacha G. Mendoza, tan único y potente que resulta impropio de una primera obra.
SAUDADE
«Saudade» quiere dar eternidad a la luz, esa luz que asoma flotando en la penumbra.
Un proyecto artístico conjunto, donde palabra y pintura se alimentan recíprocamente para transportar al visitante a unas atmósferas que parecen estar fuera de esta realidad y de este tiempo.
El germen del proyecto fueron los relatos de Natacha G. Mendoza al servir de inspiración para la creación de los cuadros. A partir de ellos, Antonio Seijas fue desarrollando en imágenes todo ese mundo propio y a la vez compartido, que nace de su forma de sentir la escritura de la autora canaria.
Monstruos cotidianos
En ocasiones, nada nos sorprende más que lo cotidiano. Queda demostrado en este conjunto de relatos donde las relaciones de pareja, los sucesos domésticos o el inconveniente de los parentescos, dan paso a esas inconfesables pasiones, a esos recuerdos, a esas culpas que todos desearíamos quedaran ocultas.
Cristina Gálvez muestra en este volumen una voz diáfana y poco dada a los artificios, donde las historias son siempre lo más importante, con personajes cuya originalidad consiste precisamente en esa normalidad que sus relatos desmienten casi de inmediato, y que ella despliega ante el lector en un tono entre sosegado e irónico. Sus escenas matrimoniales, sus manías inconfesables o sus memorias crueles, terminan resultando familiares para quien se interese en leerlas. Tan familiares como cualquier monstruo cotidiano.
Relatos de provincia
Esta serie de relatos, al igual que su narrativa pretérita, ahonda en vivencias de la infancia y juventud, teniendo como trasfondo la coyuntura política de las décadas del 60 y del 70, con los fenómenos de la guerrilla urbana y la dictadura.
Se reconstruye, además, el entorno pueblerino de la Colonia Valdense y la Nueva Helvecia del momento, donde los avances de la modernidad, con todo, llegaban un poco más rápido que a otros parajes del interior (en el cuento “Sócrates” se menciona que el liceo local era más “progresista y cosmopolita” que los que suele haber en otras ciudades del interior, “en aquellos tiempos de teléfonos negros con manija y operadora para larga distancia.”). En su discurso, apelando a una estrategia escrituraria que se constituye como sello personal, mezcla rasgos semánticos del periodismo, la crónica policial y la novela policial. Las similitudes de lenguaje, tema y ambiente le otorgan marcada unidad a los relatos. También la voz narrativa, que en buena parte de los cuentos se presenta como un periodista/escritor (alter ego fácilmente identificable con el propio Abelenda), contribuye a la homogeneidad, en cuanto a mundo y estilo.